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    By NBAsturias

    Las cenas a las que no apetece ir

    By NBAsturias4 Mins Read

    Las cenas con antiguos compañeros suelen despertar ilusión en unos y ninguna gana en otros. No siempre hay un motivo oculto: a veces, la vida está llena de planes propios.

    Las cenas a las que no apetece ir
    Foto 123rfcom

    Llega un mensaje a un grupo que llevaba años en silencio. Alguien propone reunir a los antiguos compañeros de clase para cenar, otro pregunta por las fechas y enseguida empiezan a aparecer nombres de personas a las que hace mucho que no vemos. La idea entusiasma a varios participantes. Otros leen la conversación, recuerdan aquella etapa y descubren que no les apetece asistir.

    No ha ocurrido nada desagradable. No hay una discusión pendiente ni una historia que prefieran evitar. Simplemente, esa cena no les interesa. Y, sin embargo, cuando el encuentro se presenta como una ocasión que no se puede dejar pasar, una decisión tan corriente como no ir parece necesitar una explicación extraordinaria.

    Compartir una etapa no obliga a compartir una mesa

    En el colegio, en un equipo deportivo o en el trabajo pasamos muchas horas con personas que forman parte de nuestra rutina. Coincidimos en aulas, vestuarios y oficinas; hablamos de lo que sucede cada día y, en ocasiones, construimos amistades que continúan mucho después de abandonar esos lugares.

    Otras relaciones permanecen ligadas a aquel momento. Nos llevábamos bien con un compañero de trabajo, pero al cambiar de empleo dejamos de hablar. Conocíamos a todos los integrantes de un equipo, aunque ahora solo mantenemos el contacto con dos. No hay necesariamente una ruptura detrás de esa distancia. Cada uno ha seguido con su vida. Y aunque al principio prometiéramos quedar, el paso de los meses puede convertir aquella intención en algo que ya no buscamos. Recordar con cariño una etapa no exige recuperar todas las relaciones que nacieron durante ella.

    Puede resultar agradable encontrarse con alguien de aquella época por la calle, intercambiar un saludo y preguntar cómo le va. Eso no significa que queramos reservar un sábado para cenar juntos. La cordialidad no tiene por qué convertirse en una amistad que se retoma cada vez que alguien organiza una reunión.

    Una noche también tiene su sitio en la agenda

    Una invitación llega a una vida que ya está en marcha. Hay horarios de trabajo, responsabilidades familiares, amistades actuales y aficiones a las que dedicamos el tiempo que podemos. A veces, después de una semana intensa, el plan que más apetece es cenar tranquilamente en casa. O salir con alguien a quien vemos a menudo y con quien tenemos ganas de conversar.

    No hace falta que exista otro compromiso a la misma hora. Tampoco es necesario demostrar que nuestra alternativa será más interesante. Podemos disponer de una noche libre y preferir utilizarla de otra manera.

    Esto no convierte la reunión en un mal plan. Para quien lleva tiempo deseando reencontrarse con sus antiguos compañeros, puede ser una fecha señalada. Para otra persona, supone desplazarse, reorganizar su descanso y pasar varias horas en un encuentro que no le despierta especial interés. La misma invitación llega a personas con vidas y deseos diferentes.

    La promesa de volver a vernos todos

    En estas convocatorias aparece a veces una frase conocida: «Tenemos que aprovechar, que nunca estamos todos». Se buscan fechas, se pregunta quién falta y se insiste en que quizá no vuelva a surgir una oportunidad semejante. La intención puede ser reunir al mayor número posible de personas, pero esa insistencia no hace que todos tengan las mismas ganas.

    Además, estar en el mismo grupo de mensajería o seguirse en las redes sociales no equivale a mantener una relación cercana. Podemos saber algo de la vida de un antiguo compañero porque vemos sus publicaciones y, aun así, llevar años sin conversar con él. También podemos cruzárnoslo en el supermercado, saludarnos con afecto y continuar cada uno con sus compras. Ese encuentro breve puede ser perfectamente suficiente para ambos.

    Si hay alguien a quien de verdad queremos volver a ver, no siempre necesitamos esperar a una cena multitudinaria. Podemos proponerle un café, dar un paseo o quedar cualquier otra tarde. Tal vez lo que nos interesa sea hablar con esa persona, no participar en una reunión de todo el grupo.

    Hay quien vuelve encantado de estas cenas y quien prefiere no apuntarse. Incluso una misma persona puede disfrutar de un reencuentro y rechazar otro. Haber compartido años con alguien forma parte de nuestra historia, pero no establece por sí solo cómo debemos emplear una noche del presente.

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