Xenia Sobchak, la «Paris Hilton rusa» que compite contra todos

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Moscú, 16 mar (dpa) – Es la única candidata mujer a la presidencia rusa y también la más joven: la estrella de televisión Xenia Sobchak ha revolucionado con su imagen y sus posturas radicales la campaña electoral de las elecciones que se celebran el próximo domingo. Y tiene planes a largo plazo.

La estrella de televisión ha roto muchos tabús durante la campaña: ha condenado la anexión rusa de la península ucraniana de Crimea, que dice viola el derecho internacional; ha calificado al ex dictador soviético Josef Stalin de criminal y ha pedido que el líder revolucionario Lenin sea sacado de una del mausoleo de la Plaza Roja. Incluso ha cuestionado la candidatura del presidente Vladimir Putin en los tribunales.

Sobchak se ve a sí misma como candidata de protesta contra el sistema, según dijo a dpa. Y para dejar en evidencia la falta de pluralismo, la joven de 36 años se presenta como la «candidata contra todos» a estas elecciones.

De esa manera espera atraer a votantes frustrados que no quieren votar o que antes optaban por poner la cruz en la opción «contra todos», ya retirada de las papeletas.

Sobchak concurre este domingo a unos comicios en los que parece decidida la reelección de Putin en su cuarto mandato a la presidencia. Su objetivo es sin embargo denunciar las injusticias e irregularidades. «Mi principal exigencia es que quien repite este año en las elecciones no pueda volver a presentarse. Mi objetivo principal es un cambio de poder pacífico en Rusia», asegura.

Sobchak no parece sin embargo atraer muchos votos: las encuestas le atribuyen en torno al dos por ciento de la intención de voto. Muchos la describen como la «tía contra todo» y otros la ven como una marioneta del Kremlin, mientras muchos simplemente no pueden tomarla en serio después de su pasado como estrella de televisión y el origen de su familia.

Después de sus estudios en el prestigioso Instituto Estatal de Relaciones Internacionales de Moscú (MGIMO), donde se forman los funcionarios rusos, Sobchak empezó su carrera en televisión en 2004 en reality shows como «Dom-2» -la versión rusa de «Big Brother»- o «Brondinka w schokolade» -algo sí como «una rubia para morder»-.

Allí se convirtió en un icono de belleza rusa y llegó a ser apodada como la «Paris Hilton rusa». Ahora, se dedica también a hacer publicidad de cosméticos. La revista «Forbes» calcula sus ingresos en 2,1 millones de dólares al año.

En un reciente debate en televisión, volvió a sacar su conocido temperamento cultivado en el espectáculo al lanzar un vaso de agua al populista de derecha Vladimir Zhirinovski en respuesta a un insulto. Pero Sobchak asegura que su época como estrella de la televisión ha terminado. «Ganar dinero y tener reconocimiento era una posibilidad cuando tenía 18 años», explica.

Su infancia estuvo marcada por nacer y crecer en una familia de políticos. Una familia que también frecuentaba el propio Putin. Porque es nada menos que la hija de Anatoli Sobchak, antiguo alcalde de San Petersburgo y considerado el mentor de Putin en los años 90. Precisamente por eso y por sus posturas liberales occidentales, los expertos piensan que su candidatura no es otra cosa que una maniobra del Kremlin para dar una apariencia de legitimidad a los comicios.

Sobchak desmiente cualquier conexión con el Kremlin, pero al mismo tiempo se contiene a la hora de criticar a Putin. Es consciente que nunca será tomada en serio, asegura. «Hay que trabajar duro para conseguir ser tomada en serio, y eso es lo que hago ahora», asegura.

En 2011 se unió a las protestas contra el Gobierno. Después se hizo periodista y comenzó a trabajar para la emisora de televisión independiente Dozhd.

En política, Sobchak, madre de un hijo, se considera liberal en lo económico. Está a favor de la economía de mercado, las privatizaciones y la bajada de impuestos, asegura. Pero no se hace ilusiones con sus opciones de cara a los comicios: «Putin siempre gana las elecciones».

Sin embargo, quiere luchar, seguir en política y fundar un movimiento con que acudir a las próximas elecciones presidenciales dentro de seis años.

Por Thomas Körbel (dpa)