En algún punto de la vida dejamos de jugar. No de divertirnos, sino de jugar de verdad: sin finalidad, sin recompensa, sin explicación. Recuperar el juego en la edad adulta es una de las formas más olvidadas de ocio activo.

Jugar no es perder el tiempo. Es recordar cómo se ocupa.
El juego sin propósito
De niños jugamos sin pensar en resultados. De adultos casi todo lo que hacemos tiene objetivo. Volver a jugar rompe ese esquema. Puede ser un juego de mesa, una pelota en la playa, un escondite improvisado, una partida absurda de cartas.
No importa qué juego. Importa la disposición: aceptar reglas inútiles, reír sin motivo, competir sin trascendencia. El juego libera de la necesidad de justificar cada minuto.
Este tipo de ocio devuelve ligereza. Y esa ligereza, lejos de ser superficial, descarga tensiones acumuladas.
El cuerpo también juega
El juego no es solo mental. Correr, saltar, improvisar movimientos, coordinar manos y ojos. El cuerpo agradece esas dinámicas que no son ejercicio estructurado, sino movimiento espontáneo.
No se trata de rendimiento físico. Se trata de recuperar gestos que la rutina aparca: perseguir, esquivar, lanzar, atrapar. Actividades simples que reactivan atención y reflejos sin que lo parezca.
Jugar en compañía
El juego crea vínculos inmediatos. No hace falta conversación profunda. Basta una dinámica compartida. Risas, piques sanos, complicidades rápidas.
Incluso jugar solo tiene valor: puzzles, construcciones, juegos de lógica. No por entrenar la mente, sino por entrar en una concentración distinta, amable, voluntaria.
Volver a jugar no infantiliza. Humaniza. Porque recuerda que el ocio no siempre tiene que aportar algo tangible. A veces basta con sentir que durante un rato la vida pesa menos.