Washington, 31 ene (dpa) – Donald Trump se presentó la noche del martes en el discurso sobre el Estado de la Unión como un buen patriota, como el salvador de la economía y un comandante en jefe íntegro. Un soberano brillante pero que también sabe tender su estricta mano: como el presidente de todos.

Eso por una parte. Pero tras hablar de todo lo bueno que ha conseguido y del futuro maravilloso que se abre, soltó una dura noticia: Guantánamo, la cárcel en Cuba, seguirá abierta. De nuevo dio marcha atrás a una medida tomada por su predecesor Barack Obama, del que buscó distanciarse.

Pero tal como se venía anunciando desde hacía días, también quiso distanciarse de su imagen desde que llegó al poder en 2017. Quiso dejar atrás este primer año en la Casa Blanca y lanzar una mirada liberadora hacia los tres restantes. Destacando los máximos históricos que se están registrando en la Bolsa, en lugar de los malos resultados que obtiene en las encuestas. El mandatario tiene unos niveles tan bajos de aprobación que tiene que hacer algo.

Durante su discurso intentó hacer un acto de malabarismo que no era fácil, pues por una parte no quiso irritar a sus seguidores más incondicionales, ya que necesita a su base, pero a la vez está necesitado de ampliar apoyos. En noviembre se celebran las elecciones al Congreso, que van a marcar políticamente todo este año y tienen gran relevancia. Y las cosas no pintan bien para los republicanos.

Por eso, en en el discurso del martes Trump tendió la mano, mostró una paternalista benevolencia y dosificó el populismo. Pero esa sólo fue una parte, porque por la otra procuraba no presentarse como demasiado blando ni tampoco como un político “tradicional”, ya que precisamente lo votaron por no serlo.

Trump apeló a muchos sentimientos que de alguna forma todos pueden suscribir: abogó por las inversiones en infraestructuras, por combatir la grave crisis de las drogas, a favor de la infancia y de los puestos de trabajo y en contra del la criminalidad. Sin embargo fuera de su discurso se quedó la fuerte división en el Congreso que impide sacar adelante leyes.

A diferencia de su sombrío discurso inaugural hace un año, no habló de las “masacres estadounidenses” en las ciudades del país, más bien hubo un cálido patriotismo en lugar del “baño de sangre” que tanto miedo infunde. Hubo llamamientos a la grandeza, a la fuerza, al orgullo. “Este es nuestro nuevo momento estadounidense. Nunca antes ha habido un mejor tiempo para empezar a vivir el sueño americano”, manifestó alzando el mentón.

Pero durante los 80 minutos que duró su intervención no se olvidó de contentar a clientela más conservadora y no fue poco lo que dio. Guantánamo es una buena pieza. En su último discurso sobre el estado de la Unión, Obama dijo de este campo de detención en la isla de Cuba que era costoso, innecesario y que servía de “folleto” para reclutar enemigos de Estados Unidos. Trump volvió a dar un giro de 180 grados a esa versión firmando un decreto que anula el de Obama.

Que medios ultraderechistas como “Breitbart” le pusieran la etiqueta de “señor amnistía” por su presunta postura blanda con la inmigración fue una advertencia suficiente para Trump. Por ello los que escribieron el discurso del presidente prefirieron en este asunto quedarse en generalidades y centrarse en el hombre corriente estadounidense, en el que supuestamente el mandatario está enfocado.

Trump es un hombre acostumbrado a los focos y además le gusta. El discurso transcurrió sin problemas. “Todos juntos”, arengó el mandatario, al que se acusa de división y egocentrismo. También habló de “un equipo, un pueblo, una familia estadounidense”. Pero lo difícil llega después de esa imagen. ¿Hasta qué punto va a poder cumplir con su discurso? ¿Y por cuánto tiempo? ¿Cuándo volverán sus tuits agresivos, los ataques y el desprecio público?

El centro de análisis Brookings Instituts ya había advertido antes de la intervención que habitualmente los discursos sobre el estado de la Unión suelen ser “muy, muy malos, pero en los que Estados Unidos deposita enormes expectativas”.

La noche de martes se pudo ver más del Trump triunfador que del Trump luchador. Se lo vio tan presidencial como era posible, sonreía, estiraba la espalda y se aplaudía a sí mismo. Se presentó como el guardián de la seguridad de su país, que se aferra a su muro con México y al “América primero”. “Unámonos finalmente”, dijo, aunque exige que se haga con sus condiciones. Además, dijo que ya no tendrá tanta paciencia como la que tuvieron Gobiernos anteriores.

Los demócratas siguieron todo esto con el gesto adusto, en silencio, de mala gana. Al fin y al cabo no es una noche para la oposición.

La economía estadounidense arroja buenos resultados y Trump no se cansó de recordarlo. Pero lo que el mandatario que acaba de bajar impuestos a las empresas no mencionó es que en 2017 sólo se crearon dos millones de nuevos puestos de trabajo, la cifra más baja desde 2010, tras la recesión.

Y no aportó cifra alguna que demuestre la muy cacareada “salvación de la industria del carbón”. Mientras la mayoría de estadounidenses no percibe nada de la buena marcha de la Bolsa de Valores, Trump va desplazando el poder de los trabajadores a los empresarios.

El discurso del estado de la Unión tradicionalmente está poco centrado en la política internacional y suele ser más bien un mensaje, un bálsamo para las almas estadounidenses. Trump apenas mencionó Corea del Norte y la lucha contra la organización terrorista Estado Islámico y la palabra Europa ni salió de sus labios. Pero sí tuvo un toque a lo Ronald Reagan: invitó a la tribuna a una serie de personas a las que se interpelaba directamente.

Entre ellos había policías, soldados, los padres adoptivos de un muchacho drogadicto, los padres del joven estadounidense que huyó enfermo de Corea del Norte y murió después (Otto Warmbier) o un refugiado norcoreano. Esa representación personalizaba tragedia y heroicidad, algo muy estadounidense. Y la televisión se encargó de ir mostrando también sus rostros a lo largo del discurso.

Melania, que acudió como primera dama vestida de blanco, se distinguió de nuevo. Fue recibida con un atronador aplauso y llegó separada de su marido al Congreso. En lugar de que ella acompañase al mandatario de la Casa Blanca al Congreso lo hizo su jefe de gabinete, John Kelly. Pero no era momento para chismes.

Por Martin Bialecki