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Home»Reportajes»Tecnología y trabajo: cien años de fricción
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Tecnología y trabajo: cien años de fricción

NBAsturiasBy NBAsturias4 Mins Read

La relación entre tecnología y trabajo rara vez ha sido tranquila. Cada avance prometió eficiencia y crecimiento, pero también generó incertidumbre sobre quién conservaría su empleo y quién quedaría fuera del nuevo modelo productivo.

Tecnología y trabajo
Foto 123rfcom

Desde comienzos del siglo XX, la innovación técnica ha acelerado ciclos económicos completos. Automatización industrial, informática o inteligencia artificial no solo modificaron herramientas; alteraron habilidades necesarias, estructuras empresariales y expectativas sociales sobre estabilidad laboral.

La fábrica moderna y el nacimiento del trabajo repetible

A principios del siglo pasado, la producción industrial ya estaba mecanizada, pero el verdadero cambio llegó con la organización científica del trabajo. El modelo fordista convirtió la cadena de montaje en símbolo de eficiencia. Dividir tareas complejas en movimientos simples permitió producir más rápido y a menor coste.

El automóvil dejó de ser un lujo para convertirse en producto de consumo masivo.

Para millones de trabajadores, aquello significó salarios relativamente estables y empleo continuo. Las grandes fábricas ofrecían algo inédito hasta entonces: previsibilidad. Sindicatos fuertes y negociación colectiva consolidaron una relación en la que productividad creciente se traducía en mejoras materiales.

Sin embargo, esa estabilidad dependía de un equilibrio delicado.

La mecanización reducía la necesidad de artesanos especializados. Oficios enteros desaparecieron o perdieron valor económico. El empleo industrial crecía, pero también aumentaba la dependencia del trabajador respecto a grandes empresas capaces de reorganizar producción con rapidez.

Tras la Segunda Guerra Mundial, la automatización comenzó a introducir robots industriales y sistemas electrónicos de control. Japón y Estados Unidos lideraron la integración tecnológica en manufactura durante los años setenta y ochenta. Las máquinas asumieron tareas peligrosas o repetitivas, pero también eliminaron puestos intermedios.

El desempleo tecnológico dejó de ser una teoría académica para convertirse en experiencia concreta en regiones industriales.

Ciudades dependientes de acero, minería o automoción enfrentaron declives prolongados cuando la productividad aumentó más rápido que la demanda laboral. El crecimiento económico ya no garantizaba empleo proporcional.

La era digital y el trabajo fragmentado

La llegada de la informática personal y posteriormente de internet amplió el fenómeno más allá de la fábrica. Oficinas, comercio y servicios comenzaron a reorganizarse alrededor de software y redes globales.

La digitalización redujo barreras geográficas.

Empresas podían externalizar tareas administrativas o técnicas hacia países con menores costes laborales. El trabajo cualificado empezó a competir en mercados internacionales. Profesiones consideradas seguras, como contabilidad básica o atención al cliente, cambiaron radicalmente en pocas décadas.

Al mismo tiempo surgieron nuevas oportunidades.

Programadores, diseñadores digitales o especialistas en datos ocuparon posiciones centrales en economías avanzadas. Sin embargo, la transición exigía formación constante. El aprendizaje dejó de concentrarse en la juventud para extenderse a lo largo de toda la vida laboral.

La economía de plataformas introdujo otra fricción. Aplicaciones capaces de conectar oferta y demanda en tiempo real ampliaron flexibilidad, pero también diluyeron fronteras entre empleo autónomo y asalariado. Conductores, repartidores o creadores digitales operaban dentro de sistemas algorítmicos que asignaban tareas y evaluaban rendimiento sin estructuras laborales tradicionales.

La inteligencia artificial añadió una capa adicional de incertidumbre.

A diferencia de automatizaciones anteriores centradas en esfuerzo físico, los nuevos sistemas pueden asumir tareas cognitivas: redactar textos, analizar contratos o generar código. Profesiones basadas en conocimiento comenzaron a plantearse preguntas similares a las que enfrentaron operarios industriales décadas atrás.

Históricamente, cada revolución tecnológica terminó creando más riqueza de la que destruyó. Sin embargo, la distribución de beneficios nunca fue inmediata ni uniforme. Algunas regiones prosperaron mientras otras quedaron rezagadas durante generaciones.

El conflicto constante no ha sido entre máquinas y trabajadores, sino entre velocidad del cambio tecnológico y capacidad social para adaptarse a él. Cuando ambas avanzan a ritmos distintos, aparecen tensiones económicas que ningún periodo histórico ha conseguido evitar completamente.

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