Nueva York, 25 feb (dpa) – Hablar de terrorismo y del World Trade Center remite irremediablemente a los ataques del 11 de septiembre de 2001. Pero ocho años antes, el 26 de febrero de 1993, otro atentado intentó derribar las Torres Gemelas. El lunes se cumplen 25 años de aquel ataque que ahora se considera un preludio del horror de 11-S.

Eran las 12 del mediodía cuando Ramzi Ahmet Yousef y sus cómplices aparcaron una furgoneta en el garaje subterráneo del World Trade Centre (WTC), con la intención de matar a miles de personas. Ese viernes había unas 50.000 personas en las Torres Gemelas, uno de los emblemas de Nueva York. Quince minutos después, una explosión en el garaje arrasó varias plantas e incluso quienes trabajaban en pisos más altos sintieron el impacto. Murieron seis personas y resultaron heridas más de mil.

Aquel atentado es hoy apenas una nota al pie comparado con lo que ocurrió ocho años después en el mismo lugar. El terrorismo tampoco era entonces un fenómeno desconocido para los servicios secretos estadounidenses. En 1992 hubo atentados contra dos hoteles en Yemen que tenían como objetivo soldados estadounidenses y en 1984 un coche bomba mató a 24 personas en la embajada norteamericana en Líbano. Sólo cuatro semanas antes del ataque contra el WTC, un hombre mató a tiros a dos empleados en el cuartel general de la CIA, en Virginia.

Pero aun así, eran pocos los que pensaban que los terroristas apuntarían al corazón de Nueva York y el mundo financiero estadounidense.

“El atentado contra el WTC fue un suceso de gran envergadura, el mayor incidente al que se enfrentó jamás el cuerpo de bomberos de Nueva York en sus 128 años de historia”, escribió el entonces jefe de bomberos Anthony Fusco. Desde que el edificio empezó a ocuparse, en 1970, los bomberos tuvieron que acudir en varias ocasiones, una de ellas por un grave incendio. Pero a pesar de su experiencia, los rescatistas no estaban preparados para un escenario que dejó cientos de heridos, un cráter de 45 metros y 1,8 toneladas de escombros.

Al estallido le siguió el caos. “No estaba preparado para lo que me esperaba en el lobby: el humo era tan negro que incluso con una linterna no se veía más allá de unos pocos metros”, señaló el jefe de bomberos Donald Burns. En los primeros momentos también se produjo un caos de bomberos, policía, funcionarios y servicios de rescate que fue ordenándose poco a poco. A las víctimas se las sacaba a través de una cadena humana.

Los ascensores fueron uno de los principales problemas en los trabajos de rescate. Gran parte de los 50.000 afectados estaban a salvo cinco horas después del atentado. Pero algunos quedaron atrapados hasta 12 horas en los elevadores. “Les quiero. Sean buenas personas. Hagan cosas maravillosas”, escribió Carl Selinger a su familia en una carta de despedida desde un “ascensor lleno de humo”.

En comparación con los ataques del 2001, muy pocos se acuerdan ahora del atentado de 1993, dice una de las visitantes del Museo del 11-S. “No fue tan malo como podría haber sido”, opina otro. Los planes de los terroristas eran derribar las dos torres y provocar así miles de muertos, algo que lograrían ocho años después los atacantes que estrellaron aviones contra ellas.

Los seis condenados por el atentado de 1993 están encarcelados en distintas prisiones del país. Pero hasta que Yousef fue apresado, planeó durante dos años complots contra Estados Unidos junto a su tío, Jalid Sheij Mohammed, entre ellos el secuestro de aviones. Mohammed está considerado uno de los autores intelectuales de los atentados del 11-S y se encuentra en la cárcel de Guantánamo, en Cuba, a la espera de juicio.

En la actualidad no queda un rincón del sur de Manhattan que no esté vigilado por cámaras o agentes de seguridad vestidos de uniforme o de civil. ¿Pero podría evitar eso que un atacante suicida detonase un cinturón de explosivos, o que abriese fuego en el monumento en recuerdo al 11-S? “Cuando alguien quiere hacer algo estúpido, es difícil impedirlo”, señala uno de los visitantes del museo.

Por Johannes Schmitt-Tegge (dpa)