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Home»Sociedad»Parrilladas entre amigos: más que carne y fuego
Sociedad

Parrilladas entre amigos: más que carne y fuego

NBAsturiasBy NBAsturias3 Mins Read

Las parrilladas entre amigos sobreviven a modas culinarias y tendencias dietéticas porque responden a algo anterior a la gastronomía moderna. No se trata solo de cocinar carne, sino de compartir tiempo alrededor de un proceso visible y colectivo.

Parrilladas entre amigos
Foto 123rfcom

El fuego como excusa para reunirse

Pocas escenas gastronómicas resultan tan reconocibles como una parrilla encendida rodeada de conversación. El humo, la espera y la vigilancia constante del fuego convierten la cocina en espectáculo abierto. A diferencia del restaurante, donde el trabajo sucede lejos de la mesa, aquí todo ocurre delante de quienes van a comer.

Ese detalle cambia la dinámica social. Siempre hay alguien encargado de las brasas, otro preparando bebidas, alguien más cortando pan o acercando platos. La comida deja de ser un servicio para convertirse en una actividad compartida donde cada participante encuentra un papel, incluso sin proponérselo.

La parrillada también rompe jerarquías habituales. El anfitrión no desaparece en la cocina; permanece presente mientras cocina. Las conversaciones fluyen entre idas y venidas, sin pausas formales. Comer empieza antes de sentarse y continúa después del último plato.

Históricamente, este tipo de encuentros ha funcionado como celebración accesible. No exige técnica sofisticada ni vajillas especiales. Basta con un espacio abierto, carbón o leña y productos reconocibles. Esa simplicidad explica su permanencia incluso en entornos urbanos donde el espacio escasea.

El fuego introduce además un elemento imprevisible. El punto exacto depende del calor, del viento o de la paciencia del cocinero improvisado. Esa incertidumbre genera expectativa compartida. Nadie espera precisión quirúrgica; se acepta cierta irregularidad como parte del encanto.

Comer despacio en una cultura acelerada

En una época dominada por la inmediatez, la parrillada obliga a esperar. Encender brasas, alcanzar temperatura adecuada y cocinar sin prisas impone un ritmo contrario al consumo rápido. La conversación ocupa ese tiempo intermedio y termina convirtiéndose en el verdadero centro del encuentro.

La comida llega por tandas, no como un menú cerrado. Primero algo ligero, después cortes más contundentes, quizá verduras o embutidos. Ese servicio fragmentado prolonga la reunión sin necesidad de planificarla. Comer y hablar avanzan al mismo ritmo.

También influye el componente emocional. Muchas parrilladas reproducen recuerdos familiares o aprendizajes transmitidos sin manuales escritos. Cómo salar la carne, cuándo girarla o cuánto dejar reposar una pieza forman parte de una tradición oral difícil de trasladar a recetas exactas.

En los últimos años, el fenómeno ha adquirido nuevas lecturas. El interés por el origen del producto, las razas ganaderas o los combustibles utilizados ha introducido cierto grado de especialización. Sin embargo, incluso cuando aparecen termómetros digitales o cortes premium, la esencia permanece intacta: reunirse sin demasiadas reglas.

La parrillada tampoco necesita un motivo concreto. Puede celebrar algo o simplemente ocupar un sábado cualquiera. Esa falta de solemnidad la distingue de otros encuentros gastronómicos más programados. No hay reservas ni turnos; solo un grupo dispuesto a quedarse más tiempo del previsto.

Quizá ahí reside su vigencia. Frente a comidas diseñadas para impresionar o documentarse, el fuego mantiene una relación directa con lo cotidiano. Encender una parrilla sigue siendo una manera sencilla de convocar a otros sin demasiadas explicaciones.

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