(dpa) – “Quiero decir dos cosas”, comenzó hablando Pablo Aimar mientras se acomodaba la cinta de capitán sobre el brazo derecho, minutos antes de jugar el martes, a los 38 años, su último partido de fútbol como profesional.

“Las 9.000 personas que están ahí afuera en las tribunas -siguió diciendo- quieren ser como ustedes. Yo mismo voy a querer ser uno de ustedes mañana cuando se levanten para ir a entrenar. Los voy a envidiar”.

Lo escuchaban en ronda los jugadores de Estudiantes de Río Cuarto, un equipo de la tercera división de Argentina, incrédulos de compartir por única vez en sus carreras una cancha con quien es el ídolo de Lionel Messi.

Nada fue casual en la noche de Río Cuarto, la ciudad situada en la provincia de Córdoba a unos 570 kilómetros al norte de Buenos Aires. Estudiantes fue el primero en el que Aimar jugó en su infancia y adolescencia. Además, allí juega su hermano, Andrés, que tuvo un breve paso como profesional en River a principios de 2000.

Y es el club de su padre, Ricardo, conocido como “El Payo”, quien el 3 de noviembre de 1979 decidió ponerle César como segundo nombre a su hijo recién nacido en homenaje a César Luis Menotti, el seleccionador argentino campeón del mundo un año antes.

Fue “El Payo” quien en 1993, cuando su hijo tenía 14 años, lo acompañó a Buenos Aires para incorporarse a la cantera de River Plate. La prueba duró 20 minutos, tiempo suficiente para que Pablo Aimar, apodado en su familia como “El Payito”, le dijera a su padre que quería regresar a Río Cuarto y para que los entrenadores del conjunto “millonario” quedaran fascinados con su juego.

Daniel Passarella, capitán de aquel seleccionado argentino conducido por Menotti campeón en 1978 y entrenador de River a principios de los 90, supo de la partida de Aimar y telefoneó a su casa. Cuando se presentó, “El Payo”, del otro lado de la línea, le respondió desconfiado: “Si usted es Passarella, yo soy Juan XXIII”, y cortó el llamado.

La historia, luego de aquella fallida comunicación, es conocida: el 11 de agosto de 1996 Aimar debutó como profesional en River, donde en solo cuatro años se convirtió en ídolo de la afición por su juego veloz, pensante, vertical, generoso y lleno de calidad.

Los mismos atributos mostró en 1997 cuando junto a Juan Román Riquelme, Esteban Cambiasso y José Pekerman como seleccionador argentino se consagró campeón mundial Sub 20 en Malasia.

A fines de 2000, tras ganar cinco títulos en el club, River lo transfirió al Valencia en 24 millones de euros, hasta ahí el fichaje más caro en la historia de la institución española.

Aimar jugó seis temporadas en el equipo “Che”, logró dos ligas, una Copa UEFA y una Supercopa Europea. Además, fue subcampeón de la Liga de Campeones en 2001, tras perder la final en los penales frente al Bayern Munich. Protagonizó la mejor etapa deportiva del equipo en su historia.

En su paso por Valencia supo que Messi lo consideraba su ídolo. En diciembre de 2004, luego de un empate en el Camp Nou, “La Pulga”, de 17 años y pelo largo, le pidió tímido que cambiaran camisetas. El cordobés se quedó con la número 30 “blaugrana” mientras que su admirador se llevó la 21 blanca y negra.

Ocho años más tarde ocurrió lo mismo, solo que Aimar jugaba en el Benfica portugués, club al que había llegado en 2009 y se alejó a fines de 2012 tras ganar cinco títulos. Entre Valencia y Benfica, Aimar jugó dos temporadas (2006-2008) en el Zaragoza de España.

Después del Benfica, y con una lesión en el tendón de Aquiles derecho, Aimar pasó en 2014 por el fútbol de Malasia, donde jugó ocho partidos, y un año más tarde regresó a River; apenas saltó en dos ocasiones al césped tras dos operaciones. En junio de 2015 se retiró del fútbol diciendo: “Mi deseo es jugar un partido más”.

En 2017 fue elegido seleccionador argentino Sub 17, y cuando parecía que ya no jugaría ese partido final, decidió hacerlo en el lugar donde todo comenzó. Así lo expresó en la camiseta que vistió el martes; abajo del número 10 pudo leerse: “El final es en donde partí”, una frase del grupo de rock argentino “La Renga”.

Antes del partido en el que Estudiantes se enfrentó a Sportivo Belgrano por la Copa Argentina, Aimar enumeró sus cuentas pendientes: no ganar un Mundial (jugó los de Corea-Japón 2002 y Alemania 2006), una Copa Libertadores, una Liga de Campeones y no haber jugado más tiempo con Messi, a quien considera “el futbolista total” y con el que integró el seleccionado argentino.

“La segunda cosa que tengo para decirles -continuó Aimar en el vestuario de Río Cuarto- es que la sensación de salir a una cancha llena no está en otro lado. No está en la falopa (la droga), no está en la noche, no está en las minas (las mujeres). No tiene igual. Disfrútenlo y háganmelo disfrutar a mí”.

Nueve mil personas lo despidieron emocionadas. Aimar, el jugador al que Messi admiraba de niño, ya es una leyenda del fútbol.

Por Gabriel Tuñez