El cepillo de dientes es uno de los utensilios que más usan a diario millones de personas en todo el mundo. Ya que es vital para lucir una sonrisa sana y evitar pequeñas molestias que pueden ir a más. Pero como en todo en la vida, un cepillo de dientes también tiene su fecha de caducidad.

El desgaste no se produce de un día para otro, y por eso pasa desapercibido. El cepillo se usa al menos dos veces al día, se moja, se seca y vuelve a mojarse, y sus filamentos van perdiendo poco a poco la firmeza y la forma con la que salieron de fábrica. Desde fuera parece el mismo, pero en la práctica ya no trabaja igual.
Qué cambia cuando el cepillo está gastado
La función del cepillo es arrastrar los restos de comida y la placa que se forma a lo largo del día sobre la superficie de los dientes y en la línea de las encías. Para hacerlo, necesita que sus cerdas estén rectas y conserven cierta rigidez. Cuando se abren o se doblan hacia los lados, pierden contacto con el diente, sobre todo en los espacios entre piezas y en las muelas del fondo, que son precisamente las zonas más difíciles de alcanzar.
El resultado se nota en el día a día. La sensación de boca limpia dura menos, el aliento se resiente antes y los dientes se notan menos lisos pocas horas después del cepillado. El gesto se mantiene, pero su eficacia se reduce.
Las señales para cambiarlo están a la vista: cerdas abiertas, deformadas o descoloridas y un cabezal que ha perdido su forma original. En los cepillos eléctricos ocurre exactamente lo mismo con el cabezal intercambiable. Influye también la forma de cepillarse, ya que quien aprieta más lo desgasta antes. Por eso la referencia no debe ser el tiempo transcurrido, sino el estado del cepillo.
Un cepillo propio en el lugar de trabajo
La jornada partida, las comidas en la oficina y los cafés a media mañana han convertido el lugar de trabajo en un espacio donde se come con frecuencia. Sin embargo, para la mayoría el cepillo sigue siendo algo que se queda en casa. Tener uno en la oficina, el comercio o en el puesto de trabajo permite mantener la misma rutina fuera de casa y afrontar el resto del día con la dentadura limpia.
La clave está en cómo se guarda. Un cepillo que se cierra húmedo en un estuche y pasa el resto del día dentro de un cajón no tiene ocasión de secarse. Conviene enjuagarlo bien, sacudir el exceso de agua y dejarlo en vertical, en un vaso o un soporte abierto. Como se usa menos que el de casa, suele quedar olvidado más tiempo de la cuenta, así que también debe entrar en la rutina de renovación.
Cepillos de reserva y un lugar para cada uno
Contar con un par de cepillos nuevos en casa evita que el cambio se aplace por falta de repuesto. Además, resuelven imprevistos frecuentes: un cepillo que cae al suelo, uno que se queda olvidado en un viaje o una visita que decide quedarse a dormir. Ofrecer un cepillo precintado es un detalle de anfitrión que se agradece.
En los hogares donde conviven varias personas, el orden también cuenta. Una taza o vaso personalizado para cada miembro de la familia, identificado con un nombre, una inicial o un color, evita confusiones, especialmente con niños. También mantiene los cepillos separados, sin que sus cabezales se toquen entre sí. Quien vive solo puede aplicar la misma idea con una taza propia, que mantiene el cepillo en vertical y alejado de las salpicaduras del lavabo.
Esa taza necesita su propio cuidado. En el fondo se acumula agua con restos de pasta, por lo que conviene vaciarla y lavarla con regularidad, del mismo modo que se limpia el resto del baño.