El pádel lleva años resistiendo la etiqueta de tendencia pasajera. Lo que ha construido en ese tiempo es demasiado sólido para seguir llamándolo moda.

Hubo un momento, no hace tanto, en que hablar de pádel en ciertos ambientes generaba una sonrisa condescendiente. Era el deporte de los que no jugaban al tenis, la opción fácil, el entretenimiento de urbanización con piscina. Ese momento ha pasado. No porque el pádel haya cambiado de imagen de manera intencionada, sino porque ha crecido de una forma que hace que esa lectura ya no tenga ningún sentido.
Los datos de licencias federativas en España, el país con mayor implantación mundial, llevan una década apuntando en una sola dirección. Pero más allá de los números, lo que ha cambiado es la naturaleza de la relación que la gente tiene con este deporte. Ya no se juega al pádel porque esté de moda. Se juega porque forma parte de una rutina, de una red social, de una manera concreta de organizar el tiempo libre. Eso es exactamente lo contrario de una moda.
Un deporte que construyó su propia cultura
Lo que distingue al pádel de otras tendencias deportivas que llegaron con fuerza y se diluyeron es que generó infraestructura real. No solo pistas, que también, sino una industria de material, una red de academias, un circuito profesional con proyección internacional y, sobre todo, una comunidad de jugadores que no necesita de grandes eventos para mantenerse activa. El pádel se sostiene en lo cotidiano: la partida de los jueves, el grupo de WhatsApp para completar cuatro, el torneo interno del club que se repite cada temporada.
Esa dimensión social es probablemente su activo más sólido. Pocos deportes ofrecen una experiencia tan inmediatamente satisfactoria para jugadores de nivel medio. La curva de aprendizaje es accesible, el formato de dobles facilita la interacción y la intensidad física es ajustable sin que el juego pierda interés. No es casualidad que haya penetrado con tanta fuerza en franjas de edad y perfiles sociales muy distintos. El pádel no eligió a su público. Su público lo eligió a él.
Lo que viene después del boom
La pregunta relevante ahora no es si el pádel va a resistir, sino hacia dónde va a evolucionar. El circuito profesional atraviesa un momento de reorganización después de años de fragmentación entre distintas competiciones que compitieron por el mismo espacio. La resolución de ese escenario va a determinar en buena medida la visibilidad internacional del deporte y su capacidad para atraer sponsors y audiencias fuera de los mercados ya consolidados.
En paralelo, la expansión hacia mercados como el anglosajón, el asiático y el latinoamericano está en marcha con resultados desiguales pero con una tendencia clara. El pádel exporta bien porque su formato es comprensible desde el primer momento y porque la barrera de entrada es menor que en otros deportes de raqueta. Eso es una ventaja estructural que pocas disciplinas tienen.
Lo que queda atrás es la discusión sobre si es o no un deporte serio. Esa conversación cerró hace tiempo, aunque algunos no se hayan enterado todavía. El pádel no necesita validación externa. Tiene jugadores, tiene mercado, tiene cultura propia y tiene una presencia en la vida cotidiana de millones de personas que ninguna moda sostiene durante más de una década.
Llamarlo moda a estas alturas dice más de quien lo dice que del deporte.