Unas gafas sucias hacen trabajar más a la vista sin que nos demos cuenta. Te contamos por qué importa limpiarlas bien y qué tienen que ver las pantallas del móvil y el ordenador.

Basta mirar unas gafas a contraluz para ver todo lo que acumulan a lo largo del día: huellas, polvo, restos de grasa de la cocina o gotas de lluvia secas. Mientras las llevamos puestas rara vez lo notamos, porque el ojo se adapta. Aun así, esa capa fina cambia la forma en que vemos.
Lo que se juega la vista detrás de una lente sucia
Una lente manchada dispersa la luz. La imagen pierde contraste, aparecen halos alrededor de farolas y faros por la noche y queda la sensación de que algo no termina de estar enfocado. Para compensarlo, solemos entornar los ojos, acercarnos al texto o subir el brillo de la pantalla. Son esfuerzos pequeños, pero repetidos durante horas acaban en cansancio visual al final de la jornada.
También sufre la propia gafa. La mayoría de las lentes actuales son orgánicas, más ligeras que las de cristal y también más sensibles a los arañazos. Casi todas llevan tratamientos, como el antirreflejante o el endurecido, que se deterioran con el roce y con los productos agresivos.
Hay gestos muy habituales que las castigan especialmente: limpiarlas con el bajo de la camiseta, con un pañuelo de papel o echándoles vaho. El polvo atrapado actúa como una lija diminuta, y el papel tiene fibras que rayan. Por eso los ópticos insisten en aclararlas primero con agua tibia, que arrastra esas partículas antes de frotar. El agua caliente, en cambio, puede dañar los tratamientos, igual que el alcohol, el amoniaco o la acetona.
La montura también cuenta. Las plaquetas de la nariz y las bisagras acumulan grasa y suciedad que, con el tiempo, cambian de color e incluso aflojan las piezas.
El estuche y la toallita, dos aliados que se olvidan
Buena parte de los arañazos no aparecen al limpiar, sino al guardar. Unas gafas sueltas en el bolso o en un bolsillo, o apoyadas boca abajo sobre la mesa, se rayan con facilidad. Dejarlas en el salpicadero del coche al sol tiene otro riesgo: el calor puede deformar la montura y agrietar los tratamientos de la lente.
El estuche rígido resuelve casi todo eso. Si además guarda dentro su toallita de microfibra, la tenemos a mano cuando hace falta.
Esa toallita, eso sí, no es eterna. Con cada uso acumula grasa y polvo, y una toallita sucia extiende la suciedad en lugar de retirarla. Lavarla de vez en cuando con agua y jabón suave, y dejarla secar al aire, alarga mucho su vida. Conviene hacerlo sin suavizante, porque tapona sus fibras.
El móvil, la tableta y el ordenador también cuentan
Hay un detalle que pocas veces se tiene en cuenta. Tocamos el móvil cientos de veces al día y luego, con esos mismos dedos, nos colocamos las gafas. La grasa pasa de la pantalla a la lente y de la lente otra vez a la pantalla, sin parar.
Además, una pantalla con huellas tiene el mismo efecto que una lente sucia: pierde nitidez, refleja más la luz y nos lleva a subir el brillo o a forzar la vista. Si las gafas están limpias pero la pantalla no, el esfuerzo sigue ahí.
Las pantallas también tienen recubrimientos delicados. Los móviles y las tabletas llevan una capa que repele la grasa, y muchos monitores tienen un acabado mate antirreflejos. Por eso se aconseja apagarlas antes de limpiarlas, para ver bien las marcas, y no rociar líquido directamente sobre ellas. Una microfibra seca o apenas humedecida suele bastar, y sirve la misma toallita de las gafas siempre que esté limpia.