Calzarse las botas y echar a andar por Asturias es adentrarse en un territorio que regala paisajes a cada curva. El senderismo aquí no es solo ejercicio, es una forma de entender el entorno y reconectar con lo esencial.

Asturias tiene montaña, costa, valles, bosques. Rutas para quien empieza y otras que exigen piernas entrenadas y pulmones acostumbrados al desnivel. Esta variedad permite que cualquiera encuentre su camino, literalmente. No hace falta ser deportista de élite para disfrutar de una mañana caminando entre hayedos o siguiendo un acantilado que se asoma al Cantábrico. Pero tampoco hay que tomárselo a la ligera: aquí la montaña y el clima no perdonan la improvisación.
Lo que el cuerpo gana, lo que la mente encuentra
Caminar durante horas fortalece el corazón, mejora la resistencia y mantiene las articulaciones activas sin el castigo de otros deportes de impacto. Es un ejercicio noble: se adapta a tu ritmo, a tu edad, a tu estado físico. Puedes empezar por sendas llanas y, cuando las piernas pidan más, buscar rutas con desnivel. El cuerpo responde, se acostumbra, agradece el esfuerzo.
Pero lo que pasa en la cabeza es igual de importante. Horas sin pantallas, sin ruido urbano, sin urgencias artificiales. Solo el sonido de tus pasos, el viento entre los árboles, algún pájaro. Esa desconexión repara. No es misticismo barato: es devolver al cerebro un espacio que necesita y que la vida diaria le niega. Vuelves cansado físicamente pero con la mente más limpia que cuando saliste. Y luego están las pequeñas lecciones que da el monte. Leer el terreno, calcular si llegas antes de que caiga la noche, decidir si seguir o dar la vuelta cuando el tiempo empieza a ponerse feo. Esas decisiones construyen algo útil: confianza en uno mismo, capacidad de medir riesgos, saber cuándo parar.
El equipo que sí importa
Las botas no son negociables. Un calzado malo te puede arruinar el día con rozaduras o, peor, dejarte tirado con un esguince en medio de una senda. Botas con agarre, impermeables, que sujeten el tobillo. No hace falta gastarse una fortuna, pero tampoco vale cualquier zapatilla vieja que tengas por casa. Pruébalas antes en rutas cortas, asegúrate de que no te destrozan los pies.
La ropa funciona por capas. Una primera que transpire, una segunda que abrigue, una tercera que corte viento y lluvia. En Asturias puedes salir con sol y terminar empapado y con frío en cuestión de minutos. Llevar ropa de más en la mochila no es exagerar, es ser sensato.
En la mochila: agua suficiente, comida energética, un botiquín básico, protección solar, gorra, frontal. El móvil cargado es obligatorio, aunque no siempre tendrás cobertura. Un mapa físico y una brújula tampoco sobran: cuando la batería se agota o no hay señal, el papel sigue funcionando.
Antes de salir: cabeza fría y planificación
Infórmate bien de la ruta. Kilómetros, desnivel, tipo de terreno, tiempo estimado. Compara eso con tu nivel físico real, no con el que crees que tienes. La montaña no negocia: si no estás preparado, te lo hará saber. Y no es agradable darse cuenta de eso a mitad de camino, agotado y con horas de vuelta por delante.
Dile a alguien dónde vas y cuándo piensas volver. Si algo sale mal y no apareces, alguien debe saber dónde buscarte. No es dramatizar, es una precaución elemental que puede salvarte la vida.
Respeta la señalización. No te salgas del camino marcado porque creas que has encontrado un atajo. Perderse en el monte es más fácil de lo que parece, sobre todo si baja la niebla. Y si el tiempo empeora, si estás más cansado de lo previsto o si algo no va bien: da la vuelta. Volver no es fracasar, es tomar la decisión correcta.
Calcula bien el tiempo. La ruta puede decir tres horas, pero suma paradas, fotos, imprevistos. Y no empieces tarde una ruta larga: quedarte sin luz en mitad del monte sin preparación para ello es un problema serio.
El senderismo en Asturias regala experiencias que no se compran. Pero pide respeto, preparación y sentido común. Quien lo practica así, vuelve siempre.