(dpa) – Los ojos bambi, a menudo cubiertos por grandes gafas de sol, los vestidos de coctel y el pañuelo a la cabeza son algunas de las claves que catapultaron a Audrey Hepburn a la categoría de icono de estilo durante las décadas de los 50 y los 60. Un estilo chic, sofisticado y atemporal, con el que la actriz supo combinar la elegancia aristocrática y el glamour de una estrella de Hollywood.

Mañana se cumplen 25 años desde su muerte, en la tranquila localidad suiza de Tolochenaz, junto al lago Lemán. Tenía 63 años y una rutilante carrera a sus espaldas que comenzó en el Broadway neoyorquino. Allí, la grácil británica con formación de ballet y pequeños papeles en los teatros de Londres no sólo convenció, sino que tras ello recibió uno de los proyectos por los que pasaría a la historia.

En “Roman Holiday”, Hepburn se metió en la piel de una princesa que escapa del aburrimiento para recorrer la capital italiana de incógnito a bordo de la Vespa que conduce el reportero Joe Bradley (Gregory Peck), del que se acaba enamorando. La película le valió su primer y único Oscar como mejor actriz, aunque protagonizó otros grandes clásicos como “Sabrina, junto a Humphrey Bogart. También fue la monja de “The Nun’s Story”, la fiestera Holly Golightly de “Breakfast at Tiffany’s” y la florista Eliza Doolittle de “My Fair Lady”.

Hepburn se tomó aquel éxito con humildad. “Nací con algo que gusta al público hasta un cierto punto. Actúo simplemente de forma instintiva”, contó en una entrevista. Y aunque no se quejaba de la fama, no quería que su vida girara sólo en torno a las comedias románticas. A finales de los 60, se fue alejando cada vez más de Hollywood y su matrimonio con el actor Mel Ferrer acabó fracasando.

En 1970, el nacimiento de su segundo hijo, ahora con su nuevo marido Andrea Dotti, hizo que se volcara en la familia. Pero tampoco este matrimonio duró demasiado y Hepburn comenzó a dedicar sus esfuerzos cada vez más a las causas humanitarias. A finales de los años 80, Unicef la nombró su embajadora especial, un papel que, según Hepburn, llevaba esperando toda su vida. En sus viajes por diversas regiones en conflicto ayudó que hablara fluidamente cinco idiomas: inglés, francés, español, italiano y holandés.

“No me gusta especialmente la expresión ‘Tercer Mundo'”, dijo en una ocasión esta actriz y activista hija de una aristócrata neerlandesa. “Todos vivimos en el mismo mundo, y la gente debería saber que la mayor parte de la humanidad sufre”, añadió. Desde 1980, Hepburn mantuvo una relación sentimental con el actor holandés Robert Wolders. Tras su muerte, a causa de un cáncer, sus hijos crearon una fundación de ayuda a la infancia que lleva el nombre de la actriz para continuar con su trabajo.

Hepburn estuvo vinculada a la pequeña localidad de Tolochenaz durante 30 años. En los muros de una imponente casa a las afueras del pueblo hay una placa en la que se lee: “Aquí vivió Audrey Hepburn”. La casa está actualmente en manos privadas. Según Salvatore Guarna, alcalde del municipio, que apenas suma 1.800 vecinos, Hepburn era “una más”. Un elegante busto rinde tributo a la actriz en una plaza, mientras su sencilla tumba sigue atrayendo a los fans.

Cuatro años antes de su muerte, Hepburn se puso por última vez ante las cámaras con “Always”, que tuvo un modesto éxito comercial comparada con otros títulos de Steven Spielberg. En este romántico drama de fantasía daba vida al ángel Hap, que instruye a un fallecido piloto de guerra en su nueva misión de inspirar a los demás.

Por Christiane Oelrich