Washington/Bruselas, 9 mar (dpa) – Fue una de esas apariciones que tanto le gustan a Donald Trump: rodeado de trabajadores del acero, el presidente estadounidense iba a firmar en la Casa Blanca los documentos que ordenaban la imposición de aranceles a las importaciones mundiales de acero -de un 25 por ciento- y de aluminio -del diez por ciento-.

La foto con los trabajadores parecía para Trump casi más importante que el acto jurídico en sí. Y es que cuando se disponía a abandonar la sala, su secretario de Finanzas, Steven Mnuchin, tuvo que instarle a firmar de verdad el documento. Para el resto del mundo empezaban de verdad los problemas y los interrogantes.

Los aranceles entrarán en vigor en un plazo de 15 días y por el momento, Canadá y México quedarán exentos, mientras el resto de países podrán conseguir algunos descuentos en función de las concesiones que estén dispuestos a hacer.

Trump justificó la medida por motivos de seguridad nacional y si el resto de países son capaces de probar que de alguna manera pueden contribuir a la seguridad nacional estadounidense, podrían también verse favorecidos.

Sin embargo, muchos dudan de esa justificación, que permite al presidente actuar a su antojo y evitar que sus decisiones pasen por el Parlamento. Se trata de proteger y revivir la industria del acero nacional y al mismo tiempo mantener bajo control eventuales efectos no deseados.

Al abrir la puerta a negociaciones posteriores, Trump podría conseguir una mayor apertura del mercado de la UE al suministro de automóviles: en estos momentos, por cada automóvil de producción estadounidense que entra en Europa, la UE paga un arancel del diez por ciento, cuando en la dirección contraria es de un 2,5 por ciento. Si Trump puede negociar mejoras en este sector, podrían reducirse los 45.000 puestos de trabajo que, según los expertos, peligran en la industria del automóvil estadounidense.

La Comisión Europea, que es el principal organismo competente en cuestiones comerciales en la UE, debe ahora encontrar un equilibro: por un lado, no perder la cara ante la agresividad de Trump. Bruselas ya cuenta con una lista provisional de unos 200 productos sobre los que podrían imponerse aranceles en respuesta a las medidas de Trump, entre ellos whisky bourbon, maíz, judías y mantequilla de cacahuete. Todos los países de la UE aprobarían la medida, señala la autoridad.

Pero por otro lado, otros países abogan por una reacción más tibia, entre ellos Alemania. “La UE debe mantener la cabeza fría. Llamo a la sensatez”, dijo por ejemplo el presidente de la Industria Alemana (BDI), Dieter kempf. Y es que en Alemania un cuarto de los empleos depende de la exportación, llegando a más de la mitad en el caso de la industria. En total, los empresarios alemanes prefieren negociar en lugar de aprobar represalias y defienden los aranceles a productos estadounidenses sólo como último recurso.

Sin embargo, el sector del acero alemán se verá sólo relativamente afectado por los aranceles de Trump. Berlín es el principal exportador europeo de acero a Estados Unidos, pero considerablemente por debajo de países como Canadá, Brasil o México. Eso sí, por delante de China.

Sin embargo, la UE teme una repercusión indirecta para el sector: que grandes cantidades de acero se desvíen al mercado de la UE, que generalmente no cuenta con aranceles a la importación. La Comisión Europea anunció que en ese caso tendría que tomar también medidas de protección.

Sin embargo, una espiral de medidas podría al final lastrar a un sector especialmente sensible y clave en Alemania: el del automóvil. Porque Trump ha amenazado con proteger ese sector si la UE responde con represalias a sus medidas proteccionistas.

Un ejemplo de cómo pueden desarrollarse este tipo de guerras comerciales lo muestra un vistazo al pasado: en 2002, el entonces presidente estadounidense George W. Bush decretó aranceles y Estados Unidos no tuvo ninguna buena experiencia con la medida. Al final, tuvo que dar marcha atrás por orden de la Organización Mundial del Comercio (OMC). Anteriormente, también había calentado los ánimos en la industria del acero, llevando a la pérdida de miles de empleos en otros sectores.

Pero esta vez, Trump quiere hacer las cosas mejor, dejando fuera de la medida a Canadá y México -responsables de más de una cuarta parte de las importaciones- y dejando la puerta abierta a negociaciones en otros casos.

El presidente de la industria del automóvil alemana, Berndhard Mattes, ya ha puesto sobre la mesa nuevas negociaciones sobre el acuerdo transatlántico de libre comercio TTIP. La UE y Estados Unidos llevan años negociando un tratado comercial de amplio alcance, en cuyo marco está prevista también la reducción de aranceles. Pero el proyecto ya avanzó muy lento durante el anterior Gobierno de Barack Obama y también debido a numerosas reticencias de grupos de interés europeos. Con Trump en la Casa Blanca, terminó de congelarse y aboga ahora por métodos más agresivos.

Los juristas de la Comisión Europea están ahora en alto nivel de alerta: en los 90 días posteriores a la entrada en vigor de los aranceles, las autoridades podrían presentar una demanda ante la OMC, explicó la comisaria europeo de Comercio, Cecilia Malmström. Y otros países podrían sumarse.

Por el momento, sin embargo, quienes quieren dialogar con Estados Unidos hacen cola: la comisaria europea Malmström quiere hablar mañana sábado con el negociador estadounidense, Robert Lighthizer, mientras el ministro de Comercio británico, Liam Fox, quiere viajar a Washington la próxima semana y espera encontrar un trato especial para el país a punto de salir de la Union Europea. Argentina y Brasil también han anunciado su disposición a dialogar. Pero el desenlace es totalmente incierto.

Por Michael Donhauser, Andreas Hoenig y Alkimos Sartoros (dpa)