San Diego, 12 mar (dpa) – Ramón recuerda cuando de niño cruzaba de Tijuana a San Diego para ir al centro comercial. “Ahí siempre hubo algo”, dice sobre esa parte de la frontera entre el estado mexicano y la ciudad estadounidense. “Al principio eran alambres de espino que saltábamos. Luego fue a más”.

Ramón es mexicano de nacimiento y estadounidense en el pasaporte. En Otay, la zona de la que habla, lo que hay ahora es una valla de metal oxidado tras la que se encuentran los focos, los sensores y los agentes de la Patrulla Fronteriza.

Allí también están los ocho prototipos del muro que Donald Trump quiere levantar entre los dos países para frenar la entrada de drogas e inmigración ilegal. Miden algo más de nueve metros de altura. La licitación permitía a las empresas presentar opciones de un mínimo de cinco y medio, pero todos los elegidos para participar en la decisión final tienen la altura máxima.

Cuatro son de hormigón y los otros cuatro han sido construidos con otros materiales más ligeros. Tres tienen grandes rejillas que permiten ver el otro lado.

Tras una fase de prueba y evaluación, queda elegir cuáles se utilizarán para levantar la barrera. El presidente irá a inspeccionarlos este martes como punto central de la primera visita a California de su presidencia.

El lugar en el que se levantan las moles está casi al final de los 3.144 kilómetros que empiezan en la localidad texana de Brownsville y terminan en el Océano Pacífico en esta zona de California.

Llegue a construirlo o no -de momento no ha logrado financiación del Congreso-, Trump pasará a la historia como el presidente del muro, pero lo cierto es que fue el demócrata Bill Clinton (1993-2001) el que comenzó a sellar la frontera.

Actualmente hay unos 1.130 kilómetros cerrados con, entre otras cosas, verjas y vallas de metal como la de Otay, que, oxidada y con pintadas en el lado mexicano, no alcanza los tres metros de altura. Los lugareños la llaman “la línea”.

Ramón no ha visto los prototipos ni le interesa verlos. “El muro no va a cambiar nada”, asegura a dpa. Frente a la llegada de Trump expresa la misma indiferencia.

Organizaciones civiles esgrimen por su parte que la construcción de un muro es una aproximación sin sentido e inefectiva frente a los retos de la inmigración ilegal y el tráfico de drogas.

“La (actual) valla de San Diego desalienta a la gente de cruzar a Estados Unidos solo porque está localizada en una zona altamente urbana entre dos ciudades de más de un millón de personas”, dice WOLA, un centro de estudios sobre los derechos humanos en América.

Un muro solo retrasaría unos minutos a quienes quieren cruzarlo, lo que no marca ninguna diferencia en las áreas rurales y aisladas, asegura.

Del lado estadounidense, Otay es un polígono industrial en el que grandes camiones se mueven por carreteras bien asfaltadas que bordean enormes almacenes.

Del mexicano es una populosa colonia con socavones y desniveles. Las calles que no están asfaltadas han sido convertidas por la lluvia en pistas de arena movediza para automóviles.

La Garita de Otay es uno de los dos puertos fronterizos por los que desde Tijuana se puede entrar a San Diego y viceversa.

Según el día y el momento, el cruce llega a demorar horas, que amenizan vendedores de elotes, vírgenes, cristos y churros, mientras algunos niños se mueven entre los vehículos al ralentí pidiendo pesos o dólares por sus malabares con pelotas de goma.

“He visto gente que se va a dormir a la línea a las 3 de la mañana para poder llegar al trabajo a las 6”, cuenta Ramón, encargado de un negocio de alquiler de automóviles en San Diego. Vive en Otay porque no puede hacer frente a los precios de la vivienda en el lado estadounidense. Así que, como muchos, la cruza dos veces al día, ida y vuelta.

Cuando uno busca los ocho prototipos del muro en la zona estadounidense, no los encuentra. Han sido construidos en un terreno de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP) a la que no se permite acceder y que queda fuera de toda vista que no sea aérea.

No deja de ser irónico que haya que cruzar a México para poder verlos. Jorge, salvadoreño deportado hace 17 años desde Estados Unidos, los tiene frente a su casa, una chabola en medio de un lodazal lleno de chatarra, que los negocios de Otay utilizan también como vertedero de viejos neumáticos, plásticos y alfombrillas viejos.

“No creo que el muro vaya a cambiar nada”, asegura Jorge rodeado por sus cuatro perros. “Mientras haya necesidad, va a seguir cruzando la gente”.

Mexicano nacido en Guerrero, Alejandro ya lo hizo hace años y trabajó en la construcción en Houston. Ahora en Otay hace lo que le sale: electricista, yesero… Como Jorge, tampoco quiere contar por qué lo deportaron.

Sobre una bicicleta mugrienta con la que se mueve con destreza entre la chatarra y el lodo, dice que puede llegar a entender por qué Trump quiere un muro. Pero también admite que a él le gustaría que le dieran “una oportunidad” y volver a Estados Unidos. “Si quiero, cruzo”, advierte después mirando a los prototipos.

Por Sara Barderas (dpa)